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George, no nos tomes el pelo

Cayó en mis manos el libro Rogues del que dicho sea de paso solo me interesaba el relato de George R.R.Martin de los 21 incluidos. En realidad ya había hecho esta jugada de colar precuelas de Canción de hielo y fuego en otro libro de 21 relatos en los que solo incluye uno titulado Dangerous Women (también por cierto el último). Al menos este último era decente (no tan bueno como las precuelas de Dunk y Egg). Pero el de Rogues es sencillamente infumable: una descripción sin interés de hechos deslabazados escritos por… George? Really?

En fin, George, no nos tomes el pelo y cuida bien de tu salud no vaya a ser que por tanto hacer caja tenga que venir Bran Sanderson a terminar tu canción

Y es que hay tener cuidado con el recorte de las fotos, hombre…

Ya ven ustedes, que alguien no tiene cuidado con el recorte de las fotos y resulta que uno lee esta noticia en el diario La Voz de Asturias y se piensa, ah, claro, cómo no van a ser tan violentos esos libros del ¿señor? George R. R. Martin si tiene esa pinta…

Y claro, si uno lee antes la edición digital de este diario y después lee la edición en papel, cuando ve la foto completa se acabaría preguntando: ¿quién será ese afable señor que está bajo la mano de George R.R. Martin?…

Caperucita y el papa: joder, cómo ha cambiado el cuento…

Los hispanohablantes deberán olvidarse de escribir con mayúscula inicial las fórmulas de tratamiento y los sustantivos que designan títulos y cargos, y poner sencillamente “majestad”, “el rey” o “el papa”, pero la conservarán en personajes de ficción como “Caperucita Roja” o “la Ratita Presumida”

Así que Caperucita y el papa… joder, cómo ha cambiado el cuento…

Bah, ya lo habíamos citado en el manual de cómo ser un retrasado

Si es que, en fin, qué le vamos a hacer, ya se sabe que la cabra (o el cabrón) tira al monte. Hace más de 4 años ya explicamos que cómo ser un retrasado o Salvador Sostres era una igualdad, así que no entendemos la polémica por la manifestación plana de su mente (valga la redundancia) sobre la carne, el ácido úrico y las ONGs (mejor vayan a noticia original, sientense férreamente y recuerden estupefactos que esto es del siglo XXI).

Total, que entre las licencias literarias de Sanchos Dragones y Mierdas Revertianas, las licencias políticas de Vallisoletanos alcaldes y Caballieres Berlusconianos y la metafísica úrica de este señor, aquellos que soñaron que el siglo XXI podría ser la victoria del sentido común contra los animales de bellota, dense la vuelta, enciérrense con la serie Cosmos y los libros de Punset y no abran la puerta hasta, digamos, ¿un par de siglos?

Sí, un par de siglos, ¿qué pasa? Yo es que soy optimista patológico como ZP…

Entendiendo el software libre antes del software libre

Si tú tienes una manzana y yo tengo una manzana e intercambiamos las manzanas, entonces tanto tú como yo seguiremos teniendo una manzana. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea e intercambiamos ideas, entonces ambos tendremos dos ideas.

George Bernard Shaw (1856 – 1950)

17 de Mayo

En la novela de Benedetti “La Tregua” el 17 de mayo era el día en que el protagonista declaraba su amor a Laura Avellaneda y descubría de que color era su futuro.

El pasado 17 de mayo, como dijo Saramago: “Estaba Mario Benedetti y dejó de estar.”

17 de mayo, curiosa coincidencia… Reconfortante coincidencia.

Viernes 17 de mayo

Al fín sucedió. Yo estaba en el café, sentado junto a la ventana. Esta vez no esperaba nada, no estaba vigilando. Me parece que hacía números, en el vano intento de equilibrar los gastos con los ingresos de este mayo tranquilo, verdaderamente otoñal, pletórico de deudas. Levanté los ojos y ella estaba allí. Como una aparición o un fantasma o sencillamente – y cuánto mejor – como Avellaneda. “Vengo a reclamar el café del otro día”, dijo. Me puse de pie, tropecé con la silla, mi cucharita de café resbaló de la mesa con un escándalo que más bien parecía provenir de un cucharón. Los mozos miraron. Ella se sentó. Yo recogí la cucharita, pero antes de poderme sentar me enganché en el saco en ese maldito reborde que cada silla tiene en el respaldo. En mi ensayo general de esta deseada entrevista, yo no había tenido en cuenta una puesta en escena tan movida. “Parece que lo asusté”, dijo ella, riendo con franqueza. “Bueno un poco sí”, confesé, y eso me salvó. La naturalidad estaba recuperada. Hablamos de la oficina, de algunos compañeros, le relaté varias anécdotas de tiempos idos. Ella reía. Tenía un saquito verde oscuro sobre una blusa blanca. Estaba despeinada, pero nada más que en la mitad derecha, como si un ventarrón la hubiera alcanzado sólo de ese lado. Se lo dije. Sacó un espejito de la cartera, se miró, se divirtió un rato con lo ridícula que se veía. Me gustó que su buen humor le alcanzara para burlarse de sí misma. Entonces dije: “¿Sabe que usted es culpable de una de las crisis más importantes de mi vida?” Preguntó: “¿Económicas?”, y todavía reía. Contesté: “No, sentimental”, y se puso seria. “Caramba”, dijo, y esperó que yo continuara. Y continué: “Mire, Avellaneda, es muy posible que lo que le voy a decir le parezca una locura. Si es así, me lo dice nomás. Pero no quiero andar con rodeos: creo que estoy enamorado de usted.” Esperé unos instantes. Ni una sola palabra. Miraba fijamente la cartera. Creo que se ruborizó un poco. No traté de identificar si el rubor era radiante o vergonzoso. Entonces seguí: “A mi edad y a su edad, lo más lógico hubiera sido que me callase la boca; pero creo que, de todos modos, era un homenaje que le debía. Yo no voy a exigir nada. Si usted, ahora o mañana o cuando sea, me dice basta, no se habla más del asunto y tan amigos. No tenga miedo por su trabajo en la oficina, por la tranquilidad en su trabajo; sé comportarme, no se preocupe.” Otra vez esperé. Estaba allí, indefensa, es decir, defendida por mí contra mí mismo. Cualquier cosa que ella dijera, cualquier actitud que asumiera, iba a significar: “Este es el color de su futuro.” Por fin no pude esperar más y dije “¿Y?” Sonreí un poco forzadamente y agregué, con una voz temblona que estaba desmintiendo el chiste que pretendía ser: “¿Tiene algo que declarar?” Dejó de mirar su cartera. Cuando levantó los ojos, presentí que el momento peor había pasado. “Ya lo sabía”, dijo. “Por eso vine a tomar café.”

La Tregua, Mario Benedetti

Adios Benedetti

Va a ser una semana muy triste.

Cuando llegue el momento de ser nadie, el mundo seguirá y no lo veremos.” (Mario Benedetti)

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